La RAE dice que el término que las define “proviene del latín tardío campāna; propiamente ‘de Campania’, región de Italia donde se usó por primera vez”, pero su origen nos lleva hasta el antiguo Egipcio y a otras culturas milenarias de Oriente. Aunque servían para todo tipo de avisos, el cristianismo las convirtió en objetos de culto por su uso religioso. Eran bendecidas y recibían un nombre y un padrinaje durante un ritual que incluía su lavado y exorcismo, antes de ser alzadas a los campanarios mediante complejos sistemas de polea. Y aún hoy en día las campanas de muchos templos siguen bendiciéndose. Las de la Pulchra conservan detalles de aquella época y otros de la edad moderna, cuando los campaneros desaparecieron, poco a poco, con la industrialización de los nuevos tiempos. Los motores eléctricos acabaron también con la magia de sus toques a mano que, como parte de este trabajo, volvió a León, una mañana de primavera…y de campanas.

Aunque no lo parezca, la Pulchra tiene tres campanarios; dos coronan las torres que flanquean su fachada principal, y un tercero más pequeño, del que apenas hay documentación, pasa desapercibido en el remate de uno de los arbotantes de la fachada norte (o fachada del claustro), y debió servir para los avisos a los canónigos, según los expertos consultados.

Los dos principales son altos y majestuosos, como todos los campanarios, porque necesitan ser vistos desde lejos y porque su altura permite propagar el sonido de las campanas. Pero los de León presentan dos características poco usuales. La primera es que tienen las campanas más graves y pesadas en la parte superior y las más agudas y pequeñas en la parte inferior. Y la segunda es que sus trece campanas litúrgicas se concentran en la torre norte, ya que la sur se concluyó un siglo después pero no tuvo campanas hasta que se instalaron las dos que hacen sonar el reloj que la adorna desde 1788.

Nos vamos a centrar en la primera, la que alberga a 65 metros de altura el campanario litúrgico, y dejaremos para otra entrega la interesantísima historia de la torre del reloj de 68 metros de altura, rematada con una preciosa torre calada.

La torre norte o “torre de las campanas”

Fue la primera en ser terminada en el S.XIII hasta el cuerpo de campanas, y conserva el estilo gótico del resto de la nave. El campanario, sin embargo, se levantó años después bajo el pontificado de don Aleramo (1382-1399), cuyas armas campean con las de la ciudad en los cuatro frentes del cuerpo de campana. En el remate del caracol aparece la firma de su posible maestro (“Joaquín Gandayo. 1374”), y en el interior del campanario hay una inscripción con la fecha “1714”, que coincide con el año en la que se acabó la pirámide octogonal que la corona y que está compuesta por 33 hileras de piedra.

En su interior, tras subir 151 peldaños por una estrecha y angosta escalera de piedra a la que se accede desde una pequeña puerta situada en la base del campanario, llegamos al cuerpo de las campanas, de unos 25 metros cuadrados y otros 10 metros de altura, donde encontramos a sus protagonistas.

En el plano bajo y asomadas a las troneras de la torre, las campanas menores, las más pequeñas; en la cara este “Las Josefinas”,  en la sur “Las Pascualejas”, y en la cara norte “Las Sardineras”. Y en el plano alto, las cuatro grandes campanas mayores en cada una de las esquinas (“la Dominga”, “la Trinidad”, “La María” y “la Froilana”), el cimbalillo o aguijón en el centro (“El Ángel”) y otras dos a ambos lados (“La Doncella” y “La Graciosa o Téren”).  Hasta hace medio siglo, en el interior del cuerpo de las campanas también se levantaba una estructura de madera con varias alturas y escaleras que servían para que las campanas pudieran ser tocadas a mano.

Son varias las fechas de fabricación y nomenclaturas encontradas sobre las trece campanas de la Pulchra, porque con el paso de los años las primitivas campanas han ido refundiéndose. El inventario realizado por el campanero Cándido Calvo en 1.836 nos ha servido de base para hacer nuestra propia clasificación.