Para mí la Catedral de León es la más hermosa, la más religiosa, la que más me llega al corazón y la que más me acerca a Dios. Puede parecer una exageración, pero el amor es libre.

Quiero centrar mis recuerdos en tres momentos. El primero es el día de mi consagración episcopal. No puede ser de otra forma. El 29 de septiembre de 1979. La fiesta de los Santos Ángeles. Era sábado. Un día radiante, el espacio interior de la Catedral ardía en mil colores con la luz filtrada por las vidrieras. Aquella explosión de colores danzantes era para mí la expresión de mi alma, enardecida, ardiente, amenazada con mil temores, feliz por lo que recibía y rota por las muchas despedidas, los muchos alejamientos, las muchas renuncias y las inevitables incertitudes y temores. Mis sentimientos no estaban menos encendidos que las naves de la Catedral. Primer cuadro.

Durante los años de mi estancia en León (1979-1983) la mayor parte del tiempo viví en el Rectorado del Seminario, cuyas ventanas daban a la fachada Sur de la Catedral. La puerta de este lado del templo está rematada por una estatua de San Froilán. En mis ratos de soledad, y a veces de preocupación, me acostumbré a dialogar con el Santo. En las frías madrugadas del invierno leonés, desde la ventana de mi dormitorio, conversaba con el Santo. Era una manera de vivir el misterio de la Catedral. Consciente de mi debilidad y de mi ignorancia, hablando con el santo anacoreta, pretendía entrar en la historia y en el corazón de mi Iglesia para entender, para acertar, para sostener lo que tenía encima. San Froilán, desde su cima catedralicia, era para mí la fuerza interior de mi Iglesia de la que me tenía que alimentar y a la que tenía que servir fielmente. En alguna madrugada especialmente fría bromeé con el Santo un poco cínicamente: “Espera un poco que te subo un café caliente”.

Y el tercer momento es el de mi despedida. En 1982 los Obispos me eligieron como Secretario General de la Conferencia Episcopal. En aquellos años la responsabilidad y el trabajo del Secretariado de la Conferencia eran muy fuertes. Ese cargo requiere siempre mucha dedicación, pero en aquellos años era especialmente absorbente. Yo no podía llevar las dos cosas a la vez. Desde el principio, en la Diócesis, me había impuesto un programa de trabajo bastante intenso. Al cabo de un año vi con claridad que no podía llevar a la vez la atención pastoral a la Diócesis y las tareas del Secretariado. En mi interior se fue imponiendo una convicción: “Si no puedo llevar las cosas como es debido, no debo mantener los dos cargos”. Después de muchas dudas y consultas, siguiendo sugerencias de la Santa Sede, presenté la renuncia a la Diócesis que el Papa aceptó rápidamente.

Cuando llegó el momento de la despedida en la Catedral mi corazón lloraba hacia adentro. La amable belleza de aquellos espacios era un universo de tristeza. Yo me había entregado al servicio pastoral de la Diócesis con toda mi alma, aquel ministerio era para mí una llamada del Señor a la que yo quería responder con todas mis energías. A aquellas horas tenía ya en la cabeza y en el corazón muchas personas, muchos lugares, muchos proyectos. Todo ello estaba presente aquella tarde en el aire de la Catedral, que aquel día me parecía huidizo, enmudecido, perdido.

Sabía que los que estaban a mi alrededor no me entendían, no estaban de acuerdo conmigo, se sentían defraudados. Algunos pensaron que yo opté por Madrid con la esperanza de conseguir algún ascenso. Yo hubiera dejado todo por quedarme en León. Son ya cosas lejanas. Nuestra pulcra Catedral fue testigo de todo. Fue también símbolo de mis afanes y mensajera de la gracia del Señor que me sostuvo.

 

– Fernando Sebastián Aguilar –

Cardenal