El topo que odiaba la ojiva

Toda catedral te grapa la nuca a la espalda, sus alturas roban el pasmo y siempre hay una bóveda o un pináculo que te lleva a imaginar el vértigo brutal que hubieron de vencer los albañiles que la edificaron, aquí maçons venidos en buen número de Francia con el maese arquitecto, su paisano Henry, razón por la que esta catedral es tan francesa de la cruz a la raya, de la cresta al solio, hija de Reims en su planta, de Notre Dame en su piedra labrada y hermana de Chartres en el brillo apabullante del vitral.

La mole gótica empezó a levantarse en 1205 con mucho problema por estar pisando historias movedizas –unas termas romanas, un palacio real, una catedral de barro mozárabe y, encima, otra catedral de ladrillo románico-, pero acabaría enhiesta y soberbia desafiando a los siglos muy a pesar de un topo descomunal que debía odiar las vanguardias ojivales por ser criatura de tierra de románicos sombríos y de vieja mozarabía clerical, topo que cada noche horadaba las cimentaciones derruyendo todo el trabajo del día anterior. Míralo bien, me decían de niño, ahí arriba lo tienes colgado, sí, allí, sobre el gran cajón de la puerta de entrada, ese es su pellejo tieso, a garrotazos dieron con él. Y yo lo miraba en su altura penumbrosa con cierto temblor, pero también con la complacencia secreta con que se mira a un ajusticiado, que eso tranquiliza, se lo tenía merecido.

Ahora sabemos que se trata del caparazón de una tortuga laúd, seguramente un exvoto, ofrenda o gratitud de un indiano que superó alguna mala travesía transatlántica, pero a los niños sigo contándoles la bendita patraña que a mí me aterraba, tiene algo didáctico, pues aquel topo, les digo, lo alimentaban en secreto quienes buscaban impedir que la Europa gótica de gran torrente cultural entrara en aquella ciudad de muralla ciega, portón cerrado e ideas con almenas.

Vano empeño, Europa entró; y de qué modo. Libres del topo, fueron llegando de todo lugar canteros, herreros, artistas del fresco, maestros de la gubia, vidrieros, tallistas, escultores, orfebres… y ya todo sería afán durante tres siglos en una ciudad que aprendió a latir continentalmente rompiendo su techo chaparro de teja y helada.

Tras contarles lo del topo, me gano después a los críos enseñándoles el belén flamenco que se aloja en una de las capillas de la girola…no he visto belén más guapo y fascinante, composición en alfa y omega, polícroma estampa, es talla anónima, preciosista, abigarrado de ovejas, mastines, pastores y castillos… es la joya de mis fantasías infantiles.

Y finalmente, picándoles a curiosidad, les emplazo a que crezcan para enseñarles un día los secretos de esa sillería gótica, la más antigua de España, que ensalza en nogal la historia sagrada y esconde en lo oculto las picardías obscenas de aquella catequética medieval que daba una libertad paradójica a los artistas para censurar pecados y costumbres.

Y un consejo a todos: venid solos alguna vez, sentaos sin tiempo… y si suena el órgano, entenderéis lo que decía Emile Cioran de la música de Bach: “ es una escalera de lágrimas que sube hasta Dios”… aunque aquí las lágrimas se hacen cristal de colores cuando traspasan esos ventanales… y eso cura la forma de ver las cosas.

– Pedro Trapiello –

Escritor

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