Un ciclo

En octubre entré por primera vez en la Catedral. Mis abuelos son de León, pero yo crecí en México y sólo la conocía por las fotografías de los libros, así que fue un momento espiritual para mí. Completaba un ciclo… no sabía lo que iba a encontrar.

Las vidrieras de la Catedral fueron una invitación a viajar al pasado, pues en ese caleidoscopio maravilloso de historias y color pude imaginar la vida cuando los tiempos más píos, en la santidad que emanaba de los inciensos y los cánticos que llenaban los techos abovedados. Me pregunté, ¿cuántas lágrimas se derramaron a los pies de la Santísima Virgen para arrancarle al Cielo un milagro? ¿Cuántos hombres y mujeres contemplaron las obras de arte que adornan el templo, representantes de una época remota, en la que profetas bíblicos comunicaban la palabra de Dios? ¿La fe de cuántos niños guarda la piedra en su memoria?

Pude imaginar una fría mañana de domingo del siglo XIV, una larga procesión, que atraviesa la Puerta del Juicio Final, las campanadas que elevan plegarias hasta lo más alto, el vuelo de los pájaros entre las nubes. Creo que no hay quien ahí pueda negar que ahí se conciben momentos de divinidad, que Dios reside en las estatuas y las pinturas, que escucha a todos aquellos que, con fe, piden un favor. Todas las clases sociales acuden a la procesión, lo mismo la corte regia de León que los trabajadores del campo, separados por el poder y al mismo tiempo unidos bajo una creencia. Escuchar el coro habrá sido divino, visitar las capillas durante los días próximos a Semana Santa, un momento de gloria.

Como un sueño lejano, casi un recuerdo, cerré los ojos y escuché los murmullos y letanías, olí la tierra mojada de fuera y los inciensos amargos, e imaginé estar ahí… o quizás sí estuve en la procesión y no haya pasado el tiempo. Mi mente de escritor voló en aquel momento, y comprendí la complejidad de la trama que se desarrollaba ante mí.

Cuando admiré la vidrieras, el coro, las capillas, los altares, las efigies y las pinturas, no supe si mirar a la derecha o a la izquierda, si levantar la mirada para admirar los detalles góticos… como aquellos hombres, mujeres y niños que acudieron a esa procesión imaginaria de otro siglo. ¿Sería ese el principio o el final? Que cada visitante escriba su propia historia y se convierta así, en parte de la piedra.

La Catedral de León es para mí ese pedacito de Historia que cada día se transforma en arte, esconde misterios arquitectónicos y seduce a todos aquellos que entran. En tan sólo unos minutos, me enamoré de su fachada y de sus pórticos, de sus coros y de su historia, de sus puertas labradas y hasta del claustro. Me hubiera encantado visitar la Catedral durante el atardecer, o conocer caminar junto a las tumbas a la primera hora de la mañana… tal vez porque quiero volver a desentrañar sus misterios, a imaginar procesiones. Ya me siento parte de esta tierra y de su historia.

Puedo decir que con esa visita logré cerrar un ciclo, pero abrí otro. Aquel monumento tan imponente merece su propia novela, ¿no lo creen?

 

– Pedro Fernández –

Escritor y community manager

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