Preside la puerta catedralicia de la fachada norte y recibe el nombre de una antigua leyenda, según la cual, la cara del niño que sostiene en sus brazos sangró al recibir el impacto del dado que le arrojó un jugador ebrio al perder una partida en la calle. La escena está plasmada en la vidriera del ventanal del muro opuesto, que se remonta al siglo XV y fue realizado por el maestro Valdovín sobre cartones de Nicolás Francés. Pero alrededor de esta imagen hay mucho más, y el director del Museo Catedralicio Diocesano, don Máximo Gómez, ha resumido en mil palabras el universo iconográfico de esta “Puerta de la Virgen del Dado”.

Además de la imagen de la Virgen del Dado, lo más impresionante de toda la portada es el tímpano, concebido en función de la imponente figura del Salvador, si bien la colocación de las esculturas no responde a un plan orgánico, como podía esperarse cuando hablamos de la Catedral de León. Más bien estamos ante figuras aisladas, con protagonismo propio y sin relato secuencial. No obstante, representan a personajes fundamentales del credo de la fe cristiana.

Así, en las jambas, a ambos lados de la Virgen Madre, figuran los apóstoles Pablo, Pedro y Santiago el Mayor, por el izquierdo, y la escena de la Anunciación con San Andrés por el derecho. En el tímpano resalta al Salvador glorioso y, a sus pies, los cuatro evangelistas escribientes auxiliados por sus correspondientes símbolos.

 La Virgen está de pie, coronada. Mantiene a su hijo en el brazo izquierdo y con la otra mano sostiene una rosa. Viste velo, manto y túnica rozagante. Esboza una leve sonrisa, aunque lejana ya, como las restantes esculturas, de la que encarna la Virgen Blanca. El niño cubre su cuerpecito con una sencilla túnica, dejando al descubierto sus pies desnudos. Mientras bendice, sujeta el libro cerrado.

El grupo apostólico de la izquierda efigia a los tres discípulos de Cristo más relevantes en la piedad medieval del Viejo Reino. San Pablo, el apóstol de los gentiles, viste túnica y manto, y lleva la espada y el libro, evocando su martirio y las cartas que escribió. Llama la atención la fidelidad con que el escultor ha reproducido los rasgos físicos con que la literatura le ha identificado desde tiempos antiguos: estatura baja, la calvicie, larga nariz, ojos pequeños y grandes orejas. Apea sobre dos dragones con cola de reptil. San Pedro, además del libro, sostiene las llaves del cielo y de la tierra. Viste, como Pablo, al modo atemporal.

Podría sorprender el hecho de que no ocupe el puesto que le corresponde como Príncipe de los apóstoles, que suele ser siempre el primero y más próximo a la puerta. Pero, lo mismo que ocurre en las vidrieras del presbiterio de la catedral, ha sido desplazado por Santiago el Mayor, el cual tiene especial preeminencia en este templo, tanto por la protección ejercida durante la reconquista como por lo que significaba para los peregrinos europeos que cruzaban el Camino hacia Compostela. Desde el punto de vista iconográfico, su imagen se sale de las representaciones más comunes y destacan los detalles de su peregrinaje, como la garnacha abotonada que lleva sobre la túnica, el gorro – cónico en este caso-, la venera, etc.

La escena de la Anunciación está representada de manera sintética en las jambas de la derecha. Tanto la figura del arcángel Gabriel como la de María, están dotadas de una belleza singular, en la que armónicamente se entreveran gestos, rostros, ropajes y pigmentos. Ambos aparecen inmersos en la hondura del diálogo que mantienen. El grupo tiene muchas afinidades con la del claustro burgalés. La Virgen, con la mirada caída y la mano derecha apoyada sobre el pecho, escucha con gran serenidad al mensajero de Dios. Son gestos que expresan disposición receptiva y apertura al mensaje. Todo estaba previsto en las Escrituras, cuyo libro sostiene con la mano izquierda. Viste túnica larga y cubre la cabeza con un velo ajustado sobre las sienes mediante una sencilla cinta, fiel a la costumbre de las hijas de Israel.

 El Arcángel se dirige a María dibujando un movimiento galante, mediante la flexión, sensiblemente insinuada, de su rodilla derecha. Viste un grueso manto y debajo de su túnica quedan sus pies al descubierto, recordando el origen celeste de su ministerio, lo mismo que las alas. Sostiene una palma en su mano izquierda.

En la jamba siguiente se halla la escultura de San Andrés, monolítica como todas las restantes. Viste la indumentaria convencional y, además del libro, sostiene la cruz del martirio. El lugar que ocupa le obliga a permanecer como desvinculado del conjunto, pues abre una diagonal en dirección a la puerta que no llegó a construirse.

El Salvador aparece dentro de la mandorla que tiene como fondo un policromado con multitud de figuras angélicas. Desde el punto de vista bíblico, responde a dos momentos distintos aunque conectados: su Ascensión a los cielos y su Venida gloriosa al final de los tiempos. “Dicho esto, a la vista de ellos, fue levantado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. (…) El mismo ese Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo” (Hch 1, 9-11). Cristo glorioso, en cuyo cuerpo han desaparecido los signos de la pasión -salvo la cruz aspada que decora su nimbo-, se alza sobre una nube, pero en posición emergente hacia el espectador. Sostiene el globo cósmico con su mano izquierda, al tiempo que bendice con la derecha. Por la fuerza expresiva y rasgos del semblante, pletórico de gloria y majestuoso al mismo tiempo, advertimos que ya no quedan connotaciones de carácter severo, judicial.

Debajo, los cuatro evangelistas, alados, escriben su evangelio. Los acompañan sus correspondientes símbolos, aunque en este caso su protagonismo es secundario, pues se limitan a ayudarles materialmente en la tarea.

La arquivolta interior tiene un carácter eminentemente mariano. Toda ella está decorada con figuras femeninas, vírgenes y mártires portando libros o palmas. Entre ellas podemos identificar a santa Catalina, cuya capilla se abre en el costado norte del claustro. Llevan corona y tienen mucho que ver estilísticamente con las figuras de la puerta de san Francisco, dedicada a cantar la Dormición y Glorificación de la Virgen… Y las figuras de la otra expresan un canto a la Iglesia Jerárquica. Simbolizan los distintos ministerios eclesiásticos, desde el romano pontífice hasta los grados inferiores que la sirven.