Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón, pues cada suspiro que exhalan mis pulmones, lleva siempre impregnados recuerdos de la tierra en que nací; cada parpadeo de mis ojos, cegados ahora por el intenso azul del cielo sevillano, evoca mil tonalidades liberadas por pigmentos de ancestrales cristales que tornan la luz en color, envuelta la penumbra engendrada por esbeltas piedras, arcos formeros, triforios y claristorios, empapados de fe, devoción e historia del pueblo leones.

León es una joya oculta entre montañas y campos de labranza, tierras de poderosos Reyes, Concilios y Fueros condenados a un olvido injusto. Cuna del Parlamentarismo Europeo y, entre otras muchas cosas, Ciudad de Semana Santa.

Mi querida ciudad guarda su Semana Santa con recelo y protección, la misma que por tantos siglos brindan los muros de san Isidoro al Santo Grial de Cristo Nuestro Señor. León, de limonada que trasiega judíos, bacalao y escabeche, tradición y gastronomía unidos a la profunda religiosidad de un pueblo que se rinde ante los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Hijo de Dios hecho hombre.

En el eje central de las celebraciones de la Pasión aparece en nuestra urbe, un escenario natural que inunda las retinas de quienes ensimismados contemplan cómo la majestuosidad de las Imágenes y sus tronos se funde con la belleza exuberante del cristal más exquisito que sus pupilas pudieron contemplar.

La Pulchra Leonina que, como bien decía el canónigo D.José González Fernández en 1913 “se eleva esbelta y pulida, en esta vieja ciudad de torcidas calles y muros carcomidos por la patina del tiempo”, presta sus portadas del Juicio Final, San Juan y San Francisco, a los papones, recurriendo estos a tan bello decorado, cual tramoyistas de la perfecta recreación de los últimos instantes de la vida de Nuestro Señor.

 

– Aurora García Martín –

Pregonera Semana Santa León 2017